1 Noviembre 2020

Alba Aguión

La Antártida: el lugar más frío, seco y ventoso del planeta. El último continente descubierto, pese a contar con el doble de tamaño que Oceanía. Posiblemente avistada por primera vez allá por el siglo XVII por un navegante español, Gabriel de Castilla, vivió su edad heroica desde finales del XIX hasta 1920. Durante esos 25 años, decenas de hombres procedentes de diferentes partes del globo sintieron la crueldad de la naturaleza respirar sobre sus nucas, mientras desempeñaban una intensa labor de exploración científica y geográfica. A partir de 1957 (el año geofísico internacional) todo cambió, y comenzó el establecimiento de las estaciones científicas permanentes y una toma de datos (físicos, biológicos, geológicos, etc.) sistemática en el continente. Gracias a ello, hoy tenemos un conocimiento robusto sobre este gran gigante blanco. Pero a medida que aumenta nuestro conocimiento sobre él, también lo hace nuestra responsabilidad.

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Figura 1: ¿Qué dirían los descubridores y científicos polares del XIX si leyeran los titulares actuales sobre la Antártida? En la imagen Carsten Borchgrevink, un explorador noruego que pese a su limitada formación científica, tuvo un papel clave en la investigación antártica.

Nadie se sorprende ya al escuchar los escalofriantes datos que revelan la delicada situación por la que está pasando la Antártida. Calentamiento global, incremento del turismo, contaminación, pesca industrial, especies invasoras... Factores de los que hemos oído hablar en repetidas ocasiones y que, aunque ya graves por separado, en conjunto tambalean los cimientos de hasta el ecosistema más resistente. Lo que a menudo no se cuenta es que en el continente blanco existen determinadas zonas que son especialmente vulnerables y que, pese a los repetidos intentos por establecer regulaciones internacionales para protegerlas, siguen en bolas ante tanta amenaza por falta de consenso político.

La península Antártica, en la parte más occidental del continente, es una de estas áreas tan frágiles (Figura 2A). En ella se han registrado algunos de los mayores aumentos de temperatura, llegando al asombroso récord de 20,75 ºC en febrero de este año. Los estudios indican que si las emisiones de carbono siguen en aumento, dentro de 50 años el área cubierta por hielo en esta zona se reducirá a la mitad1. Abrasada por el calor, la parte occidental de la Antártica alberga una rica flora y fauna. Pingüinos, ballenas y focas son los más conocidos, aunque conviven con otros animales menos carismáticos pero igual de importantes. Es el caso del krill (un pequeño crustáceo que se asemeja a los camarones), el cual constituye la principal fuente de alimento de peces, mamíferos y aves. El deshielo y la pesca (por un uso cada vez más demandado del krill por parte de las piscifactorías) está reduciendo de manera drástica sus poblaciones (Figura 2B), afectando a la cadena trófica de toda la región2.

Además, paradójicamente, la proliferación de estaciones científicas allí es preocupante. La península Antártica alberga la mayor densidad de ellas en todo el continente (puedes echar un ojo en este mapa) y aunque existen protocolos estrictos para minimizar sus impactos y contaminación, países como Reino Unido, China y Australia lideran proyectos que incluyen la instalación de puertos y pistas de aterrizaje en este delicado paraje. Por otro lado, los cruceros turísticos (con casi alrededor de 75.000 personas visitando la península Antártica al año), la pesca ilegal y la entrada de especies invasoras añaden cada vez más presión sobre el ecosistema.

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Figura 2: A) Mapa del continente Antártico. Localización de la península antártica occidental (Extraído de la tesis doctoral de E. Abrahamsen). B) Serie temporal (1976-2003) donde se puede percibir el descenso en la densidad de krill en las aguas del SO de la Antártida (Atkinson et al., 2004). Foto de Stephen Bookes, para el Programa Ártico Australiano.

Considerando estas amenazas y las pruebas científicas de sus impactos, Argentina y Chile lanzaron en el 2018 una propuesta para establecer un área marina protegida (MPA por sus siglas en inglés) en la península Antártica, con el fin de promover un desarrollo sostenible y facilitar el control de prácticas irregulares. Una propuesta que, por ahora, no ha sido aprobada.

Todos los años a finales de Octubre tiene lugar la reunión anual de la CCRVMA(Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos), en donde 26 países (entre ellos España) deciden sobre estos aspectos. La decisión sobre la protección de la península Antártica era uno de los temas clave de la reunión de este año, que tuvo lugar la semana pasada. Unos días antes de su comienzo, 289 científicas de más de 50 países (todas participantes del programa Homeward Bound) publicamos en la revista Nature un artículo que hace eco de la importancia de secundar la propuesta lanzada desde Argentina y Chile y proteger así esta península.

Lamentablemente, el 30 de Octubre se hizo pública la imposibilidad de alcanzar un consenso entre países para protegerla. Esto no solo ha sido así para la península Antártica, sino también para las propuestas de protección de la Antártida Oriental y del Mar de Weddell (otras 2 zonas marinas vulnerables en el continente). Algunos países de la comisión alegan que no existen estudios suficientes sobre los impactos de la actividad extractora en estas zonas… Y sin unanimidad, no hay cambio posible. Tal y como ha expresado Andrea Kavanagh, la directora de Pew Chariable Trusts, una organización benéfica involucrada en la conservación medioambiental, “Los líderes mundiales se están quedando sin tiempo para proteger estas áreas antes de que sea demasiado tarde”.

Este año se ha perdido la oportunidad de lograr una mayor protección de las aguas de la Antártida. Esperemos que el 2021 sea diferente. Salvaje e inhóspita, la Antártida es icono de la exploración por lo desconocido y del poder de la cooperación internacional, al ser un territorio sin dueño. Ahora sus ecosistemas necesitan nuestro apoyo. Si todo el esfuerzo para recabar datos (desde los pioneros exploradores hasta los actuales científicos) no sirve para defenderla, ¿Qué sentido ha tenido todo esto entonces? Y más preocupante aún, ¿Estamos dispuestos a hacer peligrar el espíritu de aventura, curiosidad y cooperación que representa la Antártida para el ser humano? Porque sin eso, no nos quedaremos sólo sin krill y sin hielo, nos quedaremos sin nada.

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Figura 3: Propuesta del área marina protegida para la península Antártica que, por ahora, no ha sido aprobada. Los puntos azules indican la localización de las colonias de pingüinos, los amarillos los caladeros de krill y los granates los puntos de desembarco de turistas. Las líneas establecen las zonas protegidas donde estas actividades estarían fuertemente reguladas o prohibidas (Hogg et al., 2020).

1 Rintoul et al., (2018) Choosing the future of Antarctica. Nature. 558

2 PEW. Study confirms Antarctic Penguins are harmed by krill fishing and climate change. Article published October 28th 2020. Disponible online.

3 Abrahamsen, E. (2012) Oceanographic conditions beneath Fimbul Ice Shelf, Antarctica. PhD thesis. University of Southampton.

4 Atkinson et al., (2004) Long-term decline in krill stock and increase in salp within the Southern Ocean. Nature. 432